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Tetro: Coppola en el abismo
Desde su estreno en España, la última película de Coppola, que cuenta con dos estrellas de consagración nacional, Maribel Verdú y Carmen Maura, ha recibido un alubión de críticas desde todos los medios de comunicación de este país. Pocos han sido los que han moderado sus adjetivos para con el director de El Padrino o de Apocalypsis Now e incluso algunos se han atrevido a insinuar que el viejo genio chochea o que casi sería mejor que se retirara ya a los viñedos que posee en California.
Y sin embargo Tetro no desluce sino que aviva la figura de Coppola como uno de los mejores directores vivos de la historia. Tetro es una tragedia shakesperiana, una pieza de exquisita orfebrería, un caleidoscopio dónde los cuatro vértices de la familia Tetrocini se deforman y se descomponen se reflejan, se responden y revolotean como mariposas atrapadas en una bombilla. El pequeño Bennie Tetroccini desembarca en Buenos Aires para encontrarse con su hermano mayor Angelo del que hace años que no sabe nada. Angelo, que parece una criatura venida del mismísimo averno, vive con una bailarina-psiquiatra (Maribel Verdú) que servirá a Bennie de punto de apoyo para llegar a su hermano y esclarecer las dudas que tiene acerca de su padre, su familia, su identidad.
La puesta en escena está pensada, medida calibrada con la precisión de un matemático cinematográfico no sólo a nivel estético sino en el propio lenguaje: juegos de palabras, grandilocuencia narrativa, contrapicados imposibles, números de baile, de ópera (y opereta) que ponen la trama al servicio de la poesía visual. Y un uso del color que subraya el verdadero sentido del filme: el blanco y negro para el presente y el color para el pasado, exactamente al contrario de lo que habitualmente se hace en el cine, pero es que para los hermanos Tetroccini el pasado es violentamente real y el presente solo una colección de sombras incoloras. El trauma es un nudo temporal: todo lo sucedido es susceptible de volver a suceder y la herida no se restaña con el tiempo sino con la sangre que hay que derramar para encontrar palabras.
Me pregunto ¿qué críticas hubiera recibido Tetro si no la hubiese dirigido Coppola? Estoy segura que muchos de los que la han defenestrado la hubieran ensalzado como obra de vanguardia. Y me pregunto si no será que a nuestra anciana crítica le gustaría que Coppola siguiera haciendo Padrinos y Leyes de la calle en lugar de adentrarse en terrenos postmodernos. Si no será que quién chochea realmente es la crítica que con alarmante ceguera es incapaz de ver en Tetro la culminación de la obra de un genio que nunca ha renunciado a algo que Buñuel llamaba “el llamamiento del yo profundo” y que podría también llamarse el abismo creativo. Tetro no es una concesión al convencionalismo, es una pieza de variación y fuga dónde Coppola se referencia a sí mismo, reflexiona sobre los demonios del talento, mezcla géneros e influencias que van desde Visconti al melodrama almodovariano para tensar los cuatro vértices de un polígono irregular, monstruoso, carnívoro. Tetro, la familia.
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