Fantasmas renacidos

24 de Agosto de 2008

Ayer fuimos andando desde Casa Zen hasta Mar Azul, a unos cuarenta y cinco minutos de aquí. En mitad del camino comienza a llover y caminamos parapetados por las tablas de surf en un paisaje de verdes y grises imposibles. A medida que las casas comienzan a escasear, la jungla se densifica y ocupa el lugar que le pertenece.
Pasamos un pequeño manglar, los árboles se reflejan en las piscinas de las rocas. Lástima que no tenga la cámara, el cielo ha empezado a despejar, y los charcos parecen espejos de plata.
Seguimos por la arena plagada de objetos anónimos arrastrados por el mar, hasta que llegamos a Mar Azul, justo en el momento en que Diana y Bani salen del agua ahuyentadas por los relámpagos. Bani es argentina, y Diana, una colombiana que vive aquí desde hace tres años y planea montar una especie de agencia de turismo cooperativo, en busca de viajeros dispuestos a colaborar protegiendo los huevos de las tortugas.

Llegan Kurtney y Ryan, dos “gringos” bastante adelantados a su condición. Se quedan con Marc en la playa mientras Diana y yo vamos en el quard a comprar para la cena.

Subimos a la casa que está cuidando Diana, una choza de esas que nosotros sólo veremos en las revistas, detrás de una pequeña colina. Primero van Diana, Ryan y Kourtney en la “cuadra” y Marc y yo comenzamos a subir a pie. Por la cuesta oscura empiezan a brillar las luciérnagas y a cantar los grillos, todo un concierto, y no podemos evitar detenernos para disfrutar en silencio de ese espectáculo. No hay nada como darse cuenta ahora de que este momento del presente será recordado siempre como un momento glorioso del pasado. Quizá eso sea la felicidad.

Baja Diana a por nosotros y llegamos, saltando a cada bache y dejándonos los escasos culos en la cuadra, a la casa.
La noche transcurre entre margaritas, imperiales, baños en la “pileta” iluminada compartiendo espacio con los enormes sapos, buena comida, y un cielo que cambia rayos por estrellas con sorprendente facilidad.

25 de Agosto de 2008

Ayer fue un día de horas lentas en el porche de Casa Zen, una tarde de colores intensos sentado en la tabla. Ayer fue una noche de fantasmas renacidos, de viejos monstruos compañeros que parecían haberse dormido.

Y esta mañana necesitaba hablar con ellos y he ido caminando temprano hasta Mar Azul. No me he cruzado con ninguna persona en más de una hora, sólo ese viejo perro que me seguía curioseando en algunos momentos, como si quisiera saber lo que me pasaba.

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