21 de Agosto de 2008

Playa El Carmen. Casa Zen. Un hostal a veinte segundos de esta playa del Pacífico, que debe llamarse así por sus orillas, no por sus aguas. Reagge en la barra, un insecto enorme con cara de pocos amigos en mi brazo. Hoy probaré con el surf.
Hemos ido a Mal País, al banco y a comprar un bañador, porque ayer me lo robaron. Marc se queda, yo vuelvo en un paseo de dulce soledad, la playa está desierta y el sol comienza a pegar de lo lindo. Los cangrejos ermitaños corretean por todas partes y empiezan las inevitables dudas: cuatro meses se me antojan muy cortos, y eso que el final no parece más que una línea borrosa en un horizonte para el que aún quedan varias paradas.
22 de Agosto de 2008
No pude creerlo cuando la ola empezó a subir la parte de atrás de la tabla, salté rápidamente con los pies sobre la cera y me mantuve allí durante algunos segundos. Realmente es una sensación de libertad increíble, de humildad frente a algo que evidentemente es mas fuerte que tú, pero aun así te deja que juegues.
Siempre recordaré esa tarde como la vez que cogí las primeras olas. Fueron cinco, y las dos últimas duraron unos cinco segundos, para mi, una eternidad.
A mi lado estaba Asdruval, un "tico" principiante como yo que vive aquí cuidando la casa de un español.
Ya en la orilla, el cielo es un regalo. Nubes arriba, cielo despejado en medio y mar abajo. Y el sol cae de las nubes al mar como una gota dorada que se deja mirar. Y el mar se convierte en fuego.
Volvemos a Casa Zen y tomamos unas imperiales con Marcelo y Martina, haciendo tiempo para ir a cenar al Aroma, Lior nos ha invitado.
Cenamos con tres estadounidenses y cinco israelíes...temo que nos invadan la mesa de un momento a otro. Pero no...vino y buena comida, típicas preguntas, Marc hace con arroz un muro de contención contra palestinos (bendito humor negro), intuyo unos misiles tierra-mesa apuntándonos...no, era música electrónica de los 90's...para el caso...
Llegamos a Casa Zen de nuevo y nos sentamos en el porche con la gente del hostal: Martina, de Alemania, Kelly, de EE.UU, Marcelo, uruguayo, Mainol, tico, y Marta y Rodrigo, de Portugal.
La magia empieza a envolvernos cuando la lluvia empieza a caer y el viento baila con los farolillos de colores.
Rulan un par de puros, sacamos la guitarra y las conversaciones vuelan solas, conversaciones en castellano con gente de todo el mundo que un día se enamoró de la pura vida.
La noche termina con uno de esos momentos en los que deseas que el mundo se pare, que por ti ya está bien. En el porche de arriba, tumbados en las hamacas, la lluvia sigue traqueteando en los tejados de cinc y el friso de madera dibuja rombos de luz en el techo.
Marc comienza a tocar la guitarra...
"Eixa cançó me fara plorar algún dia"
No pensaba que sería tan pronto.
Silencio, un trago, un cigarro, y mi cuerpo se columpia, y mis ojos se humedecen de felicidad, de paz.
"Estás aquí, mírate, lo conseguiste!"
Esta tierra se queda con una parte de todos los que llegan buscando lo que más necesitamos, para asegurarse así de que algún día volverán.
Otros artículos de esta serie:
- Una última mirada atrás
- Luciérnagas de ciudad.
- Dos Américas
- La gota dorada (This post)
- Fantasmas renacidos
- La lluvia en los tejados de cinc

4 Comentarios
Eso si que parece pura vida…
Joder, Manu, que al final se nos van a clavar los dientes al suelo de tánto crecernos……..( envidia sana, eh? pero envidia ). Te leo, cierro los ojos y me parece sentir la brisa del Pacífico….mmmmmm……..
UN BESOTE
:_) no tinc paraules…
Se me cae la baba…
Menuda pasada!