29 de Agosto.

Fernan, Marian, Marc y yo tumbados en las hamacas del porche de Casa Zen después de comer en el Piedramar viendo la puesta de sol. Comienza a llover y el sonido de las gotas se mezcla con la guitarra de Marc y con las risas, abajo, de Martina y Marcelo. Se apagan las luces...se encienden los carbuncos, y durante un instante se me desata el nudo en el estómago.
No se porqué, pero parece acercarse uno de esos septiembres de cuando éramos pequeños y cada último día de verano tenía la sensación irracional de que había perdido algo que nunca iba a recuperar. Y es que quizá estoy, ahora si, perdiendo algo. Pero eso es, en definitiva, lo que vine a hacer aquí.
Ayer fuimos a la Lora con Diana y las catalanas, y la noche se fue tejiendo sola, y terminamos en la pileta de Diana, y vimos un amanecer mudo desde lo alto de la colina, y bailamos sobre el todo terreno, y me sentí cómplice, una vez más, de historias ajenas que me envuelven hasta meterse dentro de mí.
Es la hora de perder algo. Es la hora de escribir mi historia. Era se una vez...
Picos y caídas, emociones desconocidas. Tristezas dulces y alegrías amargas. PURA VIDA!!!
31 de Agosto.
Y me dormí sin querer, meciéndome en la hamaca que me atrapaba como una placenta. Y desperté solo, con el canto del gallo. Y ese día decidiríamos abandonar Nicoya por las lluvias para ir al Caribe, a Puerto Viejo, donde quizá quede algún rastro de los Jonás, Ariadna y Mahalia de Mendiluce.
Cogimos el ferry en Paqueras para ver a los pelícanos planear a nuestro lado. Dormimos en San José, en Micasa Hostel. Cambiamos los sonidos de la selva y el mar, los caminos encantados y los paseos por el lodo, por el asfalto, el caos y la hostilidad de una ciudad inhóspita.
Esa fue una noche de poker en el casino.
Y vamos en el 4x4 por el paisaje verdigris. Y siento otro arranque de nostalgia, no se si por lo que dejé atrás o por lo que dejaré. Pero no me importa, porque mi oráculo particular me dijo una vez que la nostalgia es la tristeza de los felices...es curioso como alguien te puede ayudar incluso sin estar.
2 de Septiembre.
Tarde o temprano tenía que pasar. Nos paró la policía por exceso de velocidad, y Marc pitándole y dándole las largas pensando que era un tronao que quería vendernos bananos.
Tarde o temprano tenía que pasar. Soborno al canto, cara de buenos, 25.000 colones (50$) y todos tan contentos.
Y llegamos por la tarde a Puerto Viejo, que huele a salitre y suena a Reagge, que es Caribe y no Pacífico, donde la lluvia no suena en los tejados de cinc que arden bajo el sol.
Y vimos la puesta de sol en un mar calmo de plata azulada, salpicado de cabezas sonrientes, negras por la piel, negras por la luz rasante.
Una playa con una barca y un tronco desde el que saltar al mar.
En este lugar se respiran huidas y encuentros, pérdidas y llegadas.
Y primero se fue Marc, que deja boquetes, y luego se fue Fernan, que tanto escape me ha dado.
Ya sólo quedamos Marian y yo. Marian, una de las tías más fuertes que he conocido. Bajo esa apariencia sarcástica, un corazón enorme que no le cabe en el pecho y tiene que salir para posarse silenciosamente en el de los demás.
Y hoy hay muchos boquetes en Costa Rica, no sólo los de los caminos que llevan a Punta Uva.
Marian y yo... me alegro de tener estos días.
Y pronto me reuniré con Marc y empezará otra etapa. Y después me iré a Perú, y comenzará mi historia.
Otros artículos de esta serie:
- Una última mirada atrás
- Luciérnagas de ciudad.
- Dos Américas
- La gota dorada
- Fantasmas renacidos
- La lluvia en los tejados de cinc (Este artículo)




















4 comentarios
Delicioso… casi me parece estar allí !
Me encanta este escritor viajero……
Como siempre, nos dejas con los dientes arrastrándo por el suelo….hasta la próxima, un besazo.
me encanta…me transmite todos esas sensaciones ..manu …eres bueno escribiendo…