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Eternamente tuya (cap.4)
Capitulo 4
Pasamos mucho tiempo sin vernos, de vez en cuando me telefoneabas, me preguntabas cómo estaba, me contabas tus progresos en la empresa, yo me alegraba por ti y te lo transmitía, aunque por dentro me estuvieras “ matando” con tu indiferencia hacia todo lo que tenías a mi lado.
Pero a tu manera me amabas, me querías, me sentías dentro de ti de igual manera que yo. No te culpaba por ello, alguien me dijo una vez que cada ser amaba de una forma y que el hecho de que fuese diferente a la nuestra, no significaba necesariamente que nos amase menos, simplemente con otra intensidad.
Así eras tú, con otras prioridades pero con un corazón dorado que me brindabas a contrarreloj las pocas veces que podías estar a mi lado. Por eso ahí seguía yo, en tu espera, sabía muy bien que estábamos hechas la una para la otra, eramos piezas de un mismo puzzle, aun por terminar. De modo que tomé una decisión; Esperarte hasta que volvieras, sabía a ciencia cierta que un buen día al amanecer, te levantarías allí donde estuvieses para regresar en mi busca.
Pasó el verano y dije adiós a mi refugio en el malecón, allí donde solía ir a pensar en ti y llorar sin miedo a que nadie me viera ni escuchara. Con la llegada del otoño continué esperándote, en aquél parque cercano a casa donde solíamos pasear mientras observábamos los cisnes del estanque y demás animales. Ni eso conseguía distraerme de la nostalgia que sentía en esa época del año, sobre todo teniendo en cuenta la etapa sentimental que estaba atravesando, la cual me negaba rotundamente a abandonar. Por fin llegó el invierno, estación en la que lo único que el cuerpo te pedía, era una manta y un caldo enfrente de la chimenea un día tras otro, con música clásica de fondo, algo que por entonces me ayudaba mucho a conseguir un poco de armonía, que tan beneficiosa me resultaba para la paz interior.
Un día, frente a la chimenea escuchando a Bach, en el momento justo en que me disponía irme a dormir, llamaron a la puerta. Me resultaba muy extraño, a esas horas intempestivas ninguno de mis amigos ni familiares acostumbraba visitarme. Me dirigí a la puerta, observé antes de abrir, pero no pude saber de quién se trataba de antemano porque tapaba la mirilla con la mano. Me asusté bastante, empecé a pensar que tal vez se tratara de algún loco que andaba suelto y que me había tocado a mí “en suerte” esa noche. Maldiciendo la adversidad, a pasos muy suaves y lentos, fui hacia el salón, con la confianza de que aquel desconocido se fuese cuanto antes y el asunto no transcendiera. Entonces...
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