Lo último que se quiere cuando se va del a veces cómodo a veces fastidioso hogar familiar, es tener “nuevos amos”, o insufribles cangrejos en la bragueta que no te dejan avanzar. Compartir piso (o sacrificar tu espacio vital, en términos más realistas) es una opción frente al verdadero drama inmobiliario que sufren muchos países europeos, y si bien puede ser ventajoso en lo económico, es probable que esta convivencia que en el fondo y en muchos casos no elegimos (elegimos precio, ubicación, y demás ventajas que detrás tienen un “paquete” que asumimos: el compi) genere pequeños piques en lo que esperas sea una lineal vida diaria. Algunas reflexiones y algunos tips para lidiar con las consecuencias negativas de esta costumbre contemporánea.
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Deformación profesional
¿Somos lo que somos, lo que hacemos, o nos han hecho ser así?. Lo que escogimos para llevar el pan a casa o, simplemente, para desarrollar una vocación y realizarnos como personas, ¿nos formatea y predestina?. Este es un ensayo de generalización barata, sin corrección política ni acritud, que espero disfrutéis, y animo a todos a matizar o cubrir, con comentarios, los agujeros de este injusto ejercicio