Deformación profesional

1. Abogados: La obsesión por ganar

Abogado del diablo

Eras el indignado del grupo, el que veía en toda esquina de la vida a la diabla injusticia, situaciones que urgía corregir, ganas de dar a cada uno lo que corresponde. No, no soportabas la injusticia, pero a tí no te soportaban en casa, o en clase, o en el barrio, por hablar de política, o por ese ánimo general de polémica por todo o por nada que te domina. También podías ser el hijo de papá abogado, con ganas de mantener la tradición familiar. O, más pragmático, verdaderamente pragmático, el que veía un horizonte profesional rentable, el que visualizaba coche, piso, esposa e hijos, viajes en toda tranquilidad. En todos los casos, siempre querías ganar toda discusión, y lo sigues queriendo hacer, aunque no logres siempre esta luminosa meta, importa la voluntad de expresar lo que se siente, lo que se piensa, sin temer fastidiar los oidos del interlocutor y tapar su boca con tu manantial de palabras. Pero, en casi todos los casos, pisaste la cáscara de plátano, caiste por la casa del jabonero (donde el que no cae, resbala), del amor por poderoso caballero, don dinero, amor que compartes con varios hijos de otras disciplinas.

El objetivo parece objetivo, pero es absolutamente subjetivo. Ganar entonces se convierte en motor y motivo. No es algo que se circunscriba a los abogados, pero aquí, el hambre de gol es más grande que el que cualquier delantero de equipo de fútbol que se respete pueda tener. Entonces armamos (y amamos) estrategias. O mentimos directamente, o parafraseamos a Keats y hacemos que la verdad, que es belleza, realce su natural hermosura con un toque de maquillaje. Es estéticamente delicioso presenciar (y a veces desarrollar) este ejercicio de cinismo, pero ya cansa cuando los fines se olvidan para privilegiar los medios, cuando lo trascendente y lo intrascendente no son más que piezas del engranaje de una maquinaria atroz, cuando nada puede fallar porque la bomba va a estallar, el todo no es igual a la suma de las partes pero das la vida por cada una de las partes, aparentando (o no, depende del curso del río en un momento determinado) mente fría a toda hora, ganas de pilotar una nave. Miramos al suelo, miramos al cielo y nos ponemos a meditar. ¿Qué perdemos cuando queremos ganarlo todo?. ¿Y qué fue de la –o-diosa Justicia?. ¿Ya nos enteramos, por lo menos, de qué va esta delicada señorita?

2. Literatos: La obsesión por perder

Aquí ganar no es una obsesión. Ganar es un imposible. No toleraste la frustración de la primera cachetada, y el fracaso, que te ayudó a escribir algunas líneas elogiadas por algunos de tus vecinos, se convirtió en el compañero de viaje ideal para un camino lírico o narrativo, que transitas conforme pasas por avenidas grises, a la espera de la próxima patada inspiradora que te llevará a la luna y te hará ganar algún jugoso premio por aquí o por allá, porque lo que importa es el fin de mes, el financiamiento de tu vida sibarita, y renovar la colección de toallas húmedas tiradas, desperdigadas por el suelo de tu pequeña pero coqueta habitación, que nunca te cansarás de tirar, a contra corriente de la descripción de Bebé en su célebre canción, y perdona por la referencia cursi y tan mainstream pero es lo que hay.

Ganar es también un imposible para los demás: si yo no puedo, tú menos. Así, son conocidos los codazos entre colegas, deliciosos e interesantes, pero igualmente reñidos con todo mínimo ético que debe existir en cualquier comunidad profesional.

Pero al final, es todo una ironía: ya sabemos que, en aplicación de la técnica del pingüino, guardas por debajo de la mesa un manual de empresa, o un libro de Paulo Coelho sobre cómo manejar tu vida. No se lo digan a nadie, por favor, que quita estilo.

3. Sociólogos: La obsesión por la objetividad

Quisiste estudiar la realidad, inicialmente movido por la famosa acción social con sentido pero finalmente quisiste mirarla tal cual es, tras breves cavilaciones mentales vinculadas con estas absurdas generalizaciones, y tras darte cuenta de que lo tuyo no eran las ciencias exactas porque tenías problemas con el álgebra. Luego de un camino metodológico arduo y azaroso, te queda clarísimo (y lo quieres dejar bien claro) que el debe ser no es igual al es, y que el debe ser es un contaminante para todo científico que se precie. Y, ahora, estudias la realidad, las cosas tal cual son, y, por eso, tu enemiga es la pasión (aunque no tanto, porque las machines-à-penser carecen de enemigos, son solo impasibles vicarios de la verdad). Porque lo tuyo son los “fenómenos”, la inferencia, lo cualitativo, lo cuantitativo, el sacrosanto método, la fría fotografía de los hechos sociales, el situarte más allá de todo bien, más allá de todo mal, eso se lo dejas a los mortales, que escribimos artículos generalizadores que deseamos corrijas para que nos acerquemos al anhelado justo medio, budista o aristotélico (se lo dejo al gusto del cliente). Todo sea por el debe ser. Todo sea por ganar.

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2 Comentarios

  1. Carlota Garrido
    29 Julio 2009 (10:45) #

    GENIAL! LUCIDO! CONTUNDENTE! Pero ¿es que no hay esperanza? ¿es que no podemos salirnos de los destinos a los que van abocadas nuestras profesiones/vocaciones? ¿todo está inventado? ¿no hay esperanza? ¿o es que la Universidad ha formado a una masa de mediocres?

  2. Triviality
    6 Agosto 2009 (08:09) #

    Sí hay esperanza, Carlota: Frivoliza… no seamos tan intensos, reinventémonos constantemente y rompamos con los clichés. Con los verdaderos.

    Un beso

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