Berlusconi

Berlusconi en El Padrino

Cuando Silvio Berlusconi demandó a The Economist por difamación a causa del artículo Fit to run Italy?” (26/4/2001), donde (quizá movida por la fuerza de lo que parecía una evidencia) esta publicación abandona su acostumbrada sutil ironía por la directa denuncia, no tuvo reparo en acudir a su tradicional “elegancia” y fascinación por el adjetivo como ataque al contendiente. Esta vez, se le ocurrió ser lúdico, jugó con las palabras y llamó al medio inglés (de frecuente, casi obligada consulta en medios financieros/empresariales) “The Ecommunist”. Desde luego, el multifacético magnate milanés devenido en político - gracias a la confluencia de distintos factores, entre ellos el indirecto beneficio de la operación Mani Puliti– perdió este proceso, pero no las ganas de seguir convirtiendo el espacio público en un escenario con tintes de espectáculo, hasta el paroxismo que advertimos en nuestros días. Es el escenario público burlasconiano para seguir el imaginativo ritmo del juego de palabras del que todo lo dice.

En este punto, es importante trazar las líneas divisorias con el fenómeno Sarkozy, que si bien preocupa a un gran sector de franceses por su “politique du spectacle” (que en general lo tilda de “président bling-bling” –término acuñado por el diario Libération- dada su tendencia a hacer su vida privada parte de lo público-), tiene el contrapeso y las cortapisas de un sistema de partidos mucho más cuajado que el italiano y de un Estado, que, así no se caracterice, precisamente, por un ánimo de simplificación burocrática, sí está más preocupado por la calidad de vida del ciudadano, márgenes que, por más que el ex –alcalde de Neuilly quiera trascender, protegen al sistema de extralimitaciones sustanciales. Pero en Italia ocurre algo muy particular, y mucho más inquietante: la “persona-espectáculo” de Berlusconi ejercita, para ganar legitimidad en un país profundamente católico, un juego de doble moral, como denuncia L’Espresso en “Segreti e Bugie" – 23/7/09, respecto de los audios con su “acompañante” de lujo, Patricia d’Addario, que salieron a la luz y que causan revuelo por estos días: “(…) el triunfo de los (…) vicios privados y virtudes públicas de un hombre de Estado (…) que habla de complot y de mentiras (…) ‘nunca le he pagado a esta mujer’ –refiriéndose a la prostituta de lujo D’Addario (…)” –aunque reconoce públicamente que “no es un santo”, en pícara y cínica salida-.

Dicho todo esto, seamos claros: un líder político puede (y debe –un jefe de gobierno tiene que saber estar consigo mismo, tener ocio y descansar como le plazca con dinero no-público), en tanto ser humano, tener una vida privada que se ajuste al ejercicio de sus derechos fundamentales y al sentido común que adecúe sus conductas personales al cargo que desarrolla, pero, desde esta pequeña tribuna, consideramos inconsecuente el sistemático recurso al “do as I say and not as I do”, pues hay determinadas incongruencias (signadas por el doble discurso que denuncia L’Espresso) que le hacen daño a las instituciones democráticas, más aún, a la democracia de un país desarrollado y partícipe, desde su expectante “vamos” (en 1957), de la compleja pero importante construcción comunitaria europea (aunque no creo que esta diferenciación sea hecha claramente y sin moralina de por medio por el importante capital electoral berlusconiano). Estamos presenciando, en ese escenario político, una doble moral con capas complejas, como las capas de una cebolla, que, aunque no lo parezca, rasga de refilón las fronteras del tema de la inmigración, y otros temas: yo hago lo que quiero con mi cuerpo, tomo todos los elíxires de la juventud que mi cuenta bancaria me permita, tengo restos arqueológicos en casa, digo lo que me da la gana, fui y soy un entrepeneur nato, a mí nadie me critica (sino, pregúntenle a Sabina Guzzanti) pero tú no te puedes mover de tu país y si estás en el mío, en vez de promover políticas de integración, de cooperación al desarrollo, control y de lucha certera contra las mafias, lo que promuevo es el odio racial. Yo soy libre y tú no, y vivifico la chispa fascista para que te vayas de Cavalierolandia. E igual, gays, presidentes mestizos ("un poco bronceados"), izquierdistas, entre otros “otros”… caen en el mismo saco, pues aquí no queda títere con cabeza. Vicios privados, virtudes públicas, libertades para unos, represiones para otros. Bravissimo.

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